Broken Eyes: Los riesgos ocultos de la cirugía LASIK
Una reflexión personal sobre la visión, el miedo, las decisiones médicas y el precio que algunas personas han pagado por la promesa de ver sin lentes.
Cuando ver diferente significaba sentirse diferente
Tenía apenas nueve años cuando recibí una noticia que, sin saberlo, marcaría mi relación con mis ojos para el resto de mi vida: necesitaba usar lentes.
Recuerdo que, al principio, me emocioné. Para una niña de nueve años, aquello tenía incluso cierto encanto. Todos mis abuelos usaban lentes, y de alguna manera sentía que ahora compartía algo especial con ellos. Mis padres no los necesitaban, pero yo sí. Y aparentemente, desde aquel momento, los lentes se convertirían en compañeros inseparables de mi existencia.
Lo que no sabía era que algo tan sencillo como querer ver mejor podía convertirse en una fuente de inseguridad.
En el colegio, usar lentes no era tan común como lo es hoy. Las burlas no tardaron en aparecer. «Cuatro ojos» se convirtió en una etiqueta que jamás pedí llevar. A esa edad, cuando todavía estamos descubriendo quiénes somos, las palabras de otros pueden pesar muchísimo más de lo que imaginamos.
Y así, poco a poco, dejé de usar mis lentes.
Prefería no ver con claridad antes que seguir sintiéndome diferente.
Qué ironía: estaba dispuesta a sacrificar mi visión para evitar las miradas de los demás.
Mi padre, siempre buscando soluciones, decidió ayudarme. Me llevó de viaje a Miami para conseguir mis primeros lentes de contacto. Tenía aproximadamente doce años cuando comenzó una nueva etapa de mi vida.
Y debo confesar que no fue precisamente una experiencia agradable.
La pequeña tortura de aprender a ver
Aprender a utilizar lentes de contacto fue, para mí, una verdadera tortura.
Me tomó meses acostumbrarme a introducir algo directamente en mis ojos. Había frustración, lágrimas, intentos interminables frente al espejo y esa sensación desesperante de querer hacer algo tan sencillo y no conseguirlo.
Pero finalmente lo logré.
Los lentes de contacto me devolvieron algo más que la capacidad de ver con claridad. También me devolvieron una parte de la seguridad que las burlas infantiles me habían arrebatado.
Por supuesto, como cualquier principiante, cometí errores.
Uno de ellos fue dormir durante períodos prolongados con mis lentes de contacto. Aquella imprudencia terminó provocándome una úlcera en el ojo derecho.
Durante aproximadamente quince días tuve que regresar a los lentes convencionales.
Para muchas personas eso no significaba gran cosa. Para mí, sin embargo, fue emocionalmente difícil. Nunca he conseguido sentirme completamente yo misma cuando llevo lentes de montura. No es que exista nada malo en usarlos; simplemente, mi relación con ellos quedó marcada por experiencias que comenzaron en la infancia.
Aquella úlcera también me enseñó una lección que nunca olvidaré: nuestros ojos son extraordinariamente delicados.
Desde entonces, evito dormir con lentes de contacto, salvo alguna situación excepcional, aunque sé que incluso hacerlo ocasionalmente puede representar un riesgo.
Mi graduación comenzó aproximadamente entre 0,75 y 1,00 dioptrías. Hoy utilizo alrededor de 2,58 y 3,00.
Han pasado décadas y, aunque mi visión ha cambiado, colocarme los lentes de contacto se ha convertido en uno de los actos más sencillos y cómodos de mi rutina diaria.
Jamás imaginé que esa pequeña decisión de la infancia terminaría influyendo tanto en mi manera de entender la salud visual.
La promesa de una vida sin lentes
Con los años, apareció una nueva promesa de la medicina moderna: LASIK.
Una cirugía que ofrecía algo que millones de personas deseaban: despertar por la mañana y poder ver sin buscar los lentes sobre la mesa de noche.
La posibilidad de liberarse de los lentes de contacto. De nadar, viajar, maquillarte o simplemente abrir los ojos y contemplar el mundo con nitidez.
Sonaba maravilloso.
Vi cómo amistades y conocidos decidían someterse al procedimiento. Las conversaciones giraban alrededor de lo rápido que era, lo sencilla que parecía la recuperación y lo extraordinario que resultaba recuperar la visión sin corrección óptica.
Pero yo nunca sentí esa emoción.
Desde muy pequeña había tenido que enfrentar numerosos procedimientos dentales. Recuerdo el miedo, la incomodidad y esa sensación de vulnerabilidad que aparece cuando estamos acostados en una silla médica, confiando nuestro cuerpo a las manos de otra persona.
Durante aquellos tratamientos había algo que siempre me consolaba: podía cerrar los ojos.
Era mi manera de escapar, aunque fuera mentalmente, de lo que estaba ocurriendo.
Por eso, cuando escuchaba hablar de una cirugía ocular, mi respuesta era inmediata.
No. Mis ojos, no.
Ya había pasado suficiente tiempo sintiéndome vulnerable en un consultorio dental. No estaba dispuesta a añadir mis ojos a esa experiencia.
Además, conocía personas que, después de operarse, eventualmente habían vuelto a necesitar lentes. Aunque hoy entiendo que los resultados varían y que muchas personas mantienen una buena visión durante años, en aquel momento aquello reforzaba mi decisión.
¿Para qué someterme a una operación si yo ya me sentía cómoda con mis lentes de contacto?
Durante años, en distintas consultas oftalmológicas, me ofrecieron la posibilidad de operarme.
Mi respuesta siempre fue la misma.
No, gracias.
Una conversación que nunca olvidé
Un día, después de tantos años utilizando lentes de contacto, una doctora me preguntó:
—¿Por qué nunca te has operado?
Le respondí con absoluta sinceridad:
—Porque ya he sufrido suficiente en el dentista. No voy a añadir mis ojos a mi sufrimiento.
Su respuesta me sorprendió.
—Mejor que no lo hicieras. Jamás vuelves a ver claro otra vez.
Aquellas palabras quedaron guardadas en algún rincón de mi memoria.
No sabía exactamente a qué se refería. Tampoco le pedí que profundizara. En aquel momento, LASIK era un tema que sencillamente no me interesaba.
Hoy comprendo que aquella afirmación era demasiado absoluta: muchas personas consiguen una excelente visión después de LASIK, aunque otras experimentan complicaciones o necesitan nuevamente corrección óptica.
Pero recuerdo perfectamente la inquietud que me produjo escuchar a una profesional de la salud expresarse de aquella manera.
Y entonces, muchos años después, algo cambió.
Broken Eyes: las historias detrás de una promesa
Este año descubrí en YouTube un documental titulado Broken Eyes.
Y lo que comenzó como una simple curiosidad se convirtió en una reflexión mucho más profunda sobre nuestros ojos, las decisiones que tomamos y la confianza que depositamos en la medicina.
El documental me llevó a pensar en una pregunta incómoda:
¿Qué sucede cuando una intervención que elegimos para mejorar nuestra calidad de vida termina transformándola de una manera que nunca imaginamos?
Las experiencias de pacientes que describen complicaciones después de procedimientos de corrección visual nos recuerdan que detrás de cada estadística existe un ser humano.
Una persona con sueños, responsabilidades, familia y una vida que esperaba continuar con normalidad.
Personas que no buscaban un milagro. Solamente querían dejar de usar lentes.
Y algunas terminaron enfrentándose a problemas que nunca pensaron que podrían formar parte de su futuro.
Sequedad ocular persistente. Alteraciones de la visión nocturna. Halos alrededor de las luces. Sensibilidad a la luz. Dolor ocular y, en determinados casos, dolor neuropático difícil de tratar.
No son simples molestias cuando afectan profundamente la vida cotidiana.
Imaginemos por un momento lo que significa que la luz del día se convierta en una fuente de sufrimiento. Que conducir de noche deje de ser una actividad normal. Que abrir los ojos al despertar ya no sea un acto automático, sino el comienzo de otra jornada de dolor.
Es precisamente esa dimensión humana la que considero indispensable escuchar cuando hablamos de cirugías electivas.
Porque detrás de la promesa de una vida sin lentes también debe existir una conversación honesta sobre los riesgos.
La córnea: una parte de nosotros que merece respeto
LASIK utiliza un láser para modificar la forma de la córnea, el tejido transparente que ayuda a enfocar la luz.
No se trata simplemente de «quitarse la graduación». Es una modificación quirúrgica de una estructura esencial para nuestra visión.
Durante el procedimiento se crea una pequeña lámina o flap corneal y posteriormente se utiliza un láser para retirar cantidades microscópicas de tejido y cambiar la curvatura de la córnea.
Aunque el procedimiento suele tener buenos resultados en pacientes adecuadamente seleccionados, no está libre de riesgos.
La cicatrización corneal ocurre, pero la zona intervenida no recupera necesariamente las mismas características biomecánicas que tenía antes de la cirugía. Las complicaciones del flap son poco frecuentes, aunque pueden producirse, incluso tardíamente, especialmente después de traumatismos.
Esto no significa que nadar después de una recuperación adecuada sea automáticamente peligroso, ni que todas las personas operadas terminen perdiendo visión. Significa que existen riesgos reales que deben explicarse sin minimizarlos ni exagerarlos.
También debemos recordar que una segunda intervención, cuando es necesaria y clínicamente apropiada, implica una nueva evaluación de la córnea y sus riesgos.
La visión no es solamente una cifra en una tabla oftalmológica.
Es la posibilidad de reconocer el rostro de nuestros seres queridos, contemplar un atardecer, leer un libro, admirar una fotografía o mirar a nuestros hijos a los ojos.
Es una parte fundamental de nuestra independencia.
Y para mí, esa claridad tiene un valor incalculable.
El derecho a conocer toda la verdad
No escribo estas palabras para juzgar a quienes decidieron operarse.
Tampoco para afirmar que todas las cirugías LASIK terminan mal, porque eso no sería cierto.
Las escribo porque considero que ninguna persona debería tomar una decisión médica sin comprender plenamente sus posibles consecuencias.
Y porque las historias de quienes han sufrido complicaciones merecen ser escuchadas con la misma atención que los testimonios de quienes obtuvieron resultados satisfactorios.
La medicina ha conseguido avances extraordinarios. Pero el progreso no debería impedirnos cuestionar, investigar o exigir transparencia.
Cuando una cirugía es electiva, el consentimiento informado adquiere una importancia todavía mayor.
Debemos poder preguntar qué riesgos existen, cuáles son permanentes, qué alternativas tenemos y qué ocurriría si el resultado no fuera el esperado.
Y recibir respuestas claras, sin presiones comerciales y sin promesas imposibles de garantizar.
Mis ojos, mi historia, mi decisión
Hoy, cuando pienso en aquella niña de nueve años que se emocionó al recibir sus primeros lentes, siento una mezcla de ternura y nostalgia.
Quisiera poder decirle que no tenía que avergonzarse de usar lentes. Que ser diferente no era un defecto. Que ninguna burla merecía poner en riesgo su bienestar.
También quisiera decirle que algún día aprendería a valorar sus ojos mucho más allá de su apariencia.
Que la claridad no consiste únicamente en ver bien, sino también en aprender a mirar con conciencia.
Durante décadas pensé que mi negativa a operarme nacía simplemente del miedo.
Después de conocer las experiencias de pacientes con complicaciones, comprendí que aquella decisión también me había llevado a evitar riesgos que, personalmente, nunca había querido asumir.
No sé qué habría ocurrido si hubiera elegido otro camino. Y precisamente por eso no pretendo convertir mi experiencia en una regla universal.
Pero sí sé algo:
No quiero dar por sentada la posibilidad de abrir los ojos cada mañana y contemplar el mundo.
Recomiendo conocer el documental Broken Eyes, escuchar las experiencias que presenta y contrastarlas con información médica confiable.
No para vivir con miedo, sino para tomar decisiones con conocimiento.
Porque cuando se trata de nuestros ojos, la información no es un lujo.
Es una forma de proteger nuestra autonomía, nuestra salud y nuestra calidad de vida.
Y quizá la reflexión más importante sea esta:
A veces, el verdadero peligro no está en aquello que no podemos ver, sino en aquello que nunca nos enseñaron a mirar.
Referencia:
https://www.aao.org/eye-health/glasses-contacts/facts-about-lasik-complications
Conroy, D. (Directora). (2024). Broken Eyes [Documental]. Producción ejecutiva de Cynthia J. MacKay. Estrenado en YouTube por Postcards | Pioneer PBS el 11 de agosto de 2025.
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=V9g4tnLL2r4
Broken Eyes (2024)
Directora: Dana Conroy
Productora ejecutiva: Dra. Cynthia J. MacKay
Duración: 78 minutos
Estreno en YouTube/PBS: 11 de agosto de 2025.
Sobre el documental
Broken Eyes presenta la historia de Dana Conroy, una cineasta cuya vida cambió profundamente después de experimentar complicaciones tras una cirugía LASIK. Lo que comenzó como un intento de documentar su propio sufrimiento se convirtió en una investigación sobre la industria de la cirugía refractiva y las experiencias de pacientes que denuncian consecuencias físicas y emocionales duraderas.
El documental plantea preguntas sobre la seguridad de los procedimientos electivos, el consentimiento informado y la responsabilidad de comunicar los riesgos médicos.
Para mí, este documental representa mucho más que una investigación. Es un recordatorio de que detrás de cada procedimiento existe una persona que deposita su confianza, sus esperanzas y, en este caso, algo tan invaluable como su visión en manos de la medicina.
No todas las personas sufren estas complicaciones, pero quienes las padecen merecen ser escuchadas.

